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![]() Guadalajara. Museo Provincial de Bellas Artes Este museo está instalado en las salas bajas del palacio del Infantado, una de las joyas del arte español de todos los tiempos. Construido a finales del siglo XV bajo la dirección del arquitecto real Juan Guas, fue promovido por el segundo duque del Infantado, Iñigo López de Mendoza, de quien figuran los escudos en la fachada del edificio, en emblema gigantesco sostenido por dos salvajes peludos, y en los arcos del interior “patio de los leones”. El edificio fue destinado a residencia ducal durante varios siglos. Cuando en el siglo XIX el duque de Osuna lo vendió al ministerio del Ejército, este dispuso en su interior el Colegio de Huérfanas, que finalmente fue destruido en la Guerra Civil de 1936-39, perdiéndose muchas de sus valiosas joyas de arte, entre ellas los artesonados mudéjares. Muchos años en ruinas, a partir de 1960 fue reconstruido por completo, instalando en en él el Archivo Histórico Provincial, la Biblioteca Pública y este Museo Provincial de Guadalajara. En su interior se admiran también las “salas pintadas” que fueron reforma del quinto duque.
El contenido Distribuido a través de un espacio con galerías, salas y estancias, se recogen en vitrinas y por los muros un sinfín de piezas artísticas, etnográficas y arqueológicos, con un acusado sentido didáctico. Entre otras piezas, destacan 54 cuadros, algún que otro fragmento de retablo y varias esculturas. La muestra abarca obras desde el siglo XV finales, hasta el mismo XIX, predominando con mucho los lienzos de temáticas religiosas, especialmente imágenes de santos de órdenes mendicantes (franciscanos, dominicos, carmelitas) y apariciones de Vírgenes o efigies de santos. Los vemos a continuación. El sepulcro de doña Aldonza de Mendoza El sepulcro de doña Aldonza de Mendoza centra la sala principal del Museo. Procede del templo monasterial de San Bartolomé de Lupiana, de donde fue llevado al Arqueológico Nacional, y en 1972 traido a Guadalajara como pieza fundamental del patrimonio provincial. Es obra gótica de la primera mitad del siglo XV, realizada en alabastro blanco hacia 1440, poco tiempo después de fallecer esta señora. De autor desconocido, acusa todas las características de la mejor estatuaria gótica. Su conservación es perfecta. Se conforma el sepulcro por cama rectangular en cuya pestaña puede leerse “le doña aldoça de medoça qe dios aya duqesa de arjona mujer del duqe don fadrique finó sabado XVIII días del mes de junio año del nascimiento de nro salvador ihu xpo de mill e quatrozietos e XXXV años”. Su talla es limpia y la representa con los rasgos de la vida, vestiada a la moda del cuarto decenio del siglo XV: cinturón alto, vestido recorrido de pliegues perfectos que no llegan hasta el borde inferior, el cual se cubre de minuciosa decoración. La cabeza descansa en un par de almohadones prolijamente tallados. Sostiene entre sus manos un rosario en dos vueltas. Pinturas y esculturas En la primera sala, por los muros que rodean el gran sepulcro de doña Aldonza, podemos admirar en primer lugar una tabla hispanoflamenca, del siglo XV en sus finales, que es fragmento de alguna composición mayor o retablo. Es una Presentación de Cristo al templo de muy buena ejecución. Hay luego una serie de apóstoles que aparecían como obra de Ribera en los catálogos antiguos, y que, aunque de un acusado matiz tenebrista, no ha podido confirmarse tal paternidad. Son de buen gusto el arcángel San Miguel aplastando al Enemigo, obra del siglo XVII, y un retrato de San Diego de Alcalá en la clásica representación del milagro de las flores. Es obra también del siglo XVII, y procede muy probablemente del convento de la Salceda, en Peñalver, pues en tal cenobio, cuna de la reforma observante, vivió este santo, y de su virtud y mística existencia quedó tal recuerdo en la tierra alcarreña, que hoy son muchos pueblos de la zona los que le tienen como patrono y admirado guía. Vemos luego una pareja de grandes lienzos en los que se representan sendos arcángeles que conformaban en su origen, con otros del mismo estilo, ya perdidos, una serie iconográfica, posiblemente votiva de algún santo o advocación, ambos obra de Bartolomé Román, quien pintó otra serie igual para la Encarnación, de Madrid. Entre estos arcángeles aparece una de las obras mayores de este Museo: San Francisco recibe la regla de su orden de manos de un ángel, pintada por José de Ribera, “el Españolito”, máximo representante del tenebrismo. El cuadro es el original de una serie de copias, y de varias réplicas y versiones, que sobre el tema existen. Otro de los interesantes cuadros de esta sala es la Aparición de la Virgen y el Niño a San Antonio, obra firmada por Juan Carreño de Miranda, uno de los mejores pintores del siglo XVII español. Hay también una llamativa Transverberación de Santa Teresa, en la que un ángel hiere con la lanza del Amor Divino el pecho de la doctora de la Iglesia. Tema muy querido del siglo XVII español, presente en todos los conventos de carmelitas, en este caso recuerda el pincel de Herrera el Mozo. En la segunda sala, vemos la obra del siglo XVII Alegoría de la Liga Santa, que en 1571 constituyeran España, Venecia y el Vaticano para luchar mancomunadamente contra el peligro turco. Se mantiene expuesto este curioso cuadro en la actual exposición sobre el Quijote, en la zona alegórica a Lepanto. Y cerca, entre muchos otros cuadros, destaca por su valor y belleza La Virgen de la Leche, de Alonso Cano, una de las mejores consecuciones plásticas del artista granadino. En la tercera sala destacan, como obras escultóricas, un par de terracotas encerradas en urnas de cristal, procedentes de la colección de la Diputación Provincial de Guadalajara, a donde pasaron desde la iglesia de Santa María, en Hita. Representan, respectivamente, la Virgen Niña con sus padres y Los primeros pasos de Jesús. Magnífica su realización miniaturista, con las expresiones y los detalles muy bien conseguidos. Han sido atribuidos a Luisa Roldán, la Roldana, escultora española del siglo XVII, y son de lo mejor que conserva el Museo. Otro curioso cuadro de este Museo es el que representa una Asunción de la Magdalena, pues de esta santa mujer se trata indudablemente, tanto por el hábito y peinado que exhibe, como por su característico atributo, el tarro de óleos, que aparece a sus pies. Se escolta de cuatro angelillos músicos, y a los pies de la nube en que asciende vemos un tenebroso paisaje marítimo, en el que destaca la figura de un fraile dominico que implora auxilio. Se ha atribuido a Patricio Caxés. En la cuarta sala destaca el gran lienzo representando a San Nicolás de Bari con varios de sus clásicos atributos y escenas de milagros: revestido de sacerdote, sobre el libro que sostiene en la mano aparecen tres frutos amarillos. A derecha e izquierda, tres niños desnudos intentando subirse a una tina de madera, en recuerdo de su más conocido milagro, de lo que le vino su halo de protector infantil, mientras que a su derecha está representado un niño, que debe ser retrato de donante, elegantemente vestido a la usanza de fines del siglo XVII, ofreciéndole vino en una copa de fino cristal, en actitud de ayudarle en su oficio divino. Es este retrato infantil quizás lo mejor de toda la composición, que es obra del alcarreño Alonso del Arco, natural de Yebra, afamado pintor de la Corte, y autor, entre otras grandes obras, de las pinturas del altar mayor de la iglesia de San Juan de Atienza. Datos
Situación: Plaza de
los Caídos, 11 – Guadalajara Los textos y fotos de este web site
pertenecen a la obra
Museos de Castilla-La Mancha.
de José María Ferrer González y Antonio Herrera Casado, editado por
AACHE Ediciones. 2006. Colección "Tierra
de Castilla-La Mancha" nº 6. © AACHE Ediciones - actualizado a martes, 13 de marzo de 2007 |