| Tiempos de Feria en Tendilla. |
Ya llega la Feria de Tendilla!
"A Cipriano, Pablo y otros mayores de cuyos recuerdos se nutren estas líneas"
La Feria de Ganado y mercaderías, que en Tendilla se celebraba hacia San Matías (24 de Febrero) hasta finales de los años 60, ha quedado en la memoria de los entonces niños y mozos. Las estrellas de la Feria eran las mulas, a las que debía la Feria su fama. En la zona del "ferial" (en las llamadas "Eras del Pan Trillar", a la salida de Tendilla hacia Sacedón) se situaba el ganado y los compradores con las mulas cruzaban por un vado el arroyo a unas tierras de labor situadas dónde ahora hay los dos únicos bloques de dos pisos de Tendilla. Allí se "probaban" con el yugo y el arado, y con carros a los que se enganchaban y a los que con una cadena se evitaba que girase una rueda para que la mula tuviera que hacer más fuerza. Las mejores valían para trillar o tirar de una noria, y las viejas sólo para carne. También se traían "toros de arar" (o sea, los bueyes) a la Feria. Las mulas jóvenes (o "muletas") a medio domar quedaban y se vendían en las cuadras.
La vida de los feriantes comenzaba con un almuerzo por la mañana, luego iban al "ferial" y no comían hasta que volvían por la noche, salvo que compraran algo a un vendedor. Alguna mula llegaba a venderse tres veces seguidas interviniendo en los tratos muleteros, charranes y gitanos, que por la ocasión venían. Los gitanos, expertos en el regateo, montaban sus campamentos de carromatos fuera de Tendilla y solían realizar tratos en nombre de terceras personas. Nadie recuerda que hicieran nunca "picia" alguna. En algunos casos las mulas podían venderse a plazos, pagándose el segundo tras la cosecha de la oliva.
Venían muchos muleteros del pueblo de Maranchón de dónde era conocida la familia "Badanas", uno de los cuales se casó con una tendillera. Venían de Tamajón los "Gamos", de Yélamos de Arriba los "Mingarras", de Peñalver los "Manguitos", de Brihuega los del "Tío Pepe" y de Budia los "Garrotes". Otros muleteros famosos eran el "Tío Caín" de Cuenca, los "Lucas", etc. Especializados en mulas jóvenes estaban "Badanas", "Gamos" y "Lucas". Venían también tratantes desde Talavera y Robledillo. Si venían a comprar ganado viejo y "muletas" los "catalanes", entonces subían los precios y la Feria era más cara. De Mora de Toledo venía Agustín, con su pata de palo, a comprar mulas de mediana edad para el ejército. Dos o tres tendilleros le alquilaban sus servicios para llevar el hato de 25 o 30 mulas a Guadalajara, y Agustín les pagaba religiosamente pero sólo cuando la mula estaba dentro del vagón del tren. Luego volvían a Tendilla en el autobús, que llamaban "la camioneta" o "el Gascón" (por el nombre de la empresa). Un taxi a Tendilla desde Guadalajara costaba diez pesetas en los años cincuenta.
Además de mulas, en la Feria podían encontrarse puestos con aperos de labranza, hierros, ropas, cerámica, comida, etc. La porcelana se vendía al peso y en los tratos siempre había regateo. Mediante un acuerdo con el propietario, que se prolongaba un año tras otro, los tratantes se albergaban en las casas y colocaban sus puestos en la parte soportalada de las mismas (Tendilla tiene en la actualidad casi dos kilómetros de soportales) lo que les preservaba de la lluvia o de las más que probables nevadas. Los puestos fuera del soportal pagaban menos que los cubiertos. Alojamiento y comida para tanto mercader y visitante dejaban abundantes amistades y ganancias a los vecinos. Muchas familias alquilaban tanto los pajares como la parte baja de las casas (dónde había grandes cuadras) para las mulas, estando situada la parte habitable por las personas en el primer piso. Los feriantes dormían en habitaciones alquiladas (de las que el tendillero antes había sacado los muebles) situadas sobre las cuadras. Descansaban sobre sacos de paja, o alquilaban también una cama "a real". Algunos vecinos vivían todo el año con lo que ganaban en la Feria y lo poco que les producía la agricultura y los animales de corral.
Junto con los puestos de golosinas inalcanzables (como almendras garrapiñadas o martillos de caramelo) ha quedado en el recuerdo el olor que por todo el pueblo esparcían las magdalenas y bollos recién hechos que las mujeres traían de los hornos en un cesto tapados con un paño. Para comprarse algo, los niños vendían agua en botijo, que a veces era de la "Fuente Vieja" o a veces con las prisas la cojían del arroyo. Y vendían también varas de arrear a "perrilla" (cinco céntimos), a veces hasta cuarenta, quedándose parte del dinero el padre para la familia. Las correrías de un niño hicieron volcar la mercancía de uno de aquellos puestos de dulces, con el consiguiente enfado del dueño. Los mieleros de Peñalver se reconocían por su blusa a rayas y las alforjas donde llevaban queso, miel, chorizos y morteruelo de la matanza.
Había dos salones de baile en Tendilla que se llenaban durante la Feria y a los que también venían desde Loranca, Aranzueque, Renera o Fuentelencina. Uno estaba junto a la Calle Mayor en lo que antes era el "Casino" y ahora queda su muro exterior rodeando un solar. Otro, llamado "de la Guadalupe" estaba cruzando el arroyo en la antigua tahona (horno de panadería) hoy desaparecida, frente a la "Fuente Vieja". También había rifas y subastas durante la Feria. Las actividades lúdicas podían verse restringidas por el inicio de la Cuaresma, pues algunos años el Miércoles de Ceniza ocurría en plena Feria. Se consumían barriles enteros de escabeche de besugo, las aceitunas aliñadas "al estilo de Tendilla", productos de la matanza, cabrito asado, pepinillos en vinagre o judías coloradas con codillo fresco de cerdo (éstas sobretodo para la cena), todo regado con buen vino generalmente tinto. Un vendedor de Mazuecos llegaba con un carrito con un horno vendiendo patatas asadas que llamaba "chuletas de la huerta". Las mujeres de Tendilla se pasaban el día guisando en pucheros de barro para tendilleros y feriantes. El frío se combatía principalmente con hogueras o estufas de leña proveniente de sarmientos u olivos.
Eran famosos también los "sombreros", hechos con masa de rosquilla y con la forma del tricornio de la Guardia Civil. Típicas eran (y son también) las "rosquillas rellenas de aire". Los "sombreros" se vendían a cinco céntimos y se agotaban siempre. Finalizando la Feria un abuelo que no había logrado vender sus "sombreros" empleó como señuelo el salir a la calle comiéndose uno: "Abuelo, )tiene usted sombrerillos? )no los vende usted?" Y los vendió todos.
Tras tanta comida la abundante población precisaba "hacer sus necesidades" usando para ello los corrales, algunas calles y, especialmente, las orillas del arroyo las cuales quedaban llenas de "catalinas" sobre la blanca nieve o el barro. Al quedar algunas pisoteadas con el barro, la olorosa y escurridiza mezcla recibía entonces el nombre de "barro gallego".
Por último hablaremos de los impuestos, del "punto". El primer domingo de febrero se tocaban las campanas indicando que comenzaba la subasta de la cobranza de este impuesto. El segundo domingo se volvía para rematar la subasta. Quienes ganaban la subasta se encargaban de cobrar el "punto" a los feriantes. El hacer dos días de subasta permitía que algunos con menos posibilidades juntaran sus dineros para intentar ganar la subasta el segundo día. Acabada la Feria, los que ganaban el "punto" pagaban el valor de la subasta al Ayuntamiento. Las ofertas debían hacerse con cuidado pues siempre existía el riesgo de perder dinero si hacía mal tiempo y se estropeaba la Feria.
En todos los accesos al pueblo se situaban los recaudadores del "punto", vestidos antiguamente con blusones rayados y boina. Hacia el final de la Feria los recaudadores vestían la misma ropa que los visitantes. La Guardia Civil se encargaba de decomisar navajas y objetos peligrosos. Los feriantes pagaban de "punto" una peseta por caballería y otra cantidad por metro de puesto. También se podía cobrar en las propias cuadras tras contar los animales. Caballería que entraba, la vendieran o no, pagaba el "punto". Siempre había quien dijera "no me cobres el punto, que no la voy a vender", pero ante la duda, tenían que pagar. Tras la venta del animal, el comprador exigía la papeleta del "punto" al vendedor, para que no le cobraran el impuesto de nuevo si un recaudador se la pedía. Lógicamente algunos intentaban no pagar el impuesto saliendo de los caminos y viniendo por el campo, lo que obligaba a los recaudadores a salir por los campos para que nadie se colara o a tomar nota e ir luego a buscar al "listo" por las cuadras.
Las alteraciones del orden así como de la exactitud de pesos y medidas (se usaban mucho las balanzas llamadas "romanas"), junto con la reventa se castigaban con fuertes multas. Todas las incidencias se apuntaban en un Libro de la Feria, del que hay ejemplares en el Ayuntamiento posteriores a la Guerra de la Independencia.
José Luis García de Paz
e-mail: depaz@uam.es