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En
el centro de la ciudad, en la antigua colación de San Andrés, donde
habitaba a finales del siglo XV nutrida colonia hebrea, puso don Antonio
de Mendoza su gran palacio renacentista, una de las primeras muestras que
del estilo recién importado de Italia se elaboraron en Castilla. Era este
señor hijo del primer duque del Infantado, don Diego Hurtado de Mendoza,
y junto a él y sus numerosos hermanos y familiares, que constituían la
lucida corte mendocina de Guadalajara, intervino en la guerra de Granada,
mostrándose en ella valeroso. Permaneció siempre soltero, y al retirarse
de la guerra decidió construirse casa propia, elevando este palacio con
la colaboración de artistas que ya su tío el gran Cardenal Mendoza
había tomado a su servicio, y que fueron los introductores en Castilla
del modo renacentista de construir, decorar y concebir el arte.
Muerto
este señor en 1510, con el palacio ya concluido, lo heredó su sobrina,
también soltera, doña Brianda de Mendoza y Luna, hija del segundo duque
del Infantado, don Iñigo López de Mendoza. Piadosa mujer que decidió
ocupar el gran caserón para alojar una comunidad religiosa, que en 1524
fue autorizada por Bula de Clemente VII fundando beaterio de la Orden
Tercera de San Francisco, y añadido un colegio de Doncellas. Para esta
institución, habilitó doña Brianda el palacio de su tío, y le añadió
una gran iglesia, en la que colaboraron los mejores artistas castellanos
del primer tercio del siglo XVI. A la muerte de la fundadora, en 1534, ya
estaba definitivamente acabado el edificio. A raíz del Concilio de
Trento, el beaterio se convirtió en convento de monjas franciscanas, que
albergó a gran número de doncellas y viudedad de la aristocracia
alcarreña. En 1835 fue disuelta su comunidad, y el edificio utilizado
para Museo Provincial, Diputación Provincial, cárcel pública e
Instituto de Enseñanza Media.
El conjunto de las fachadas
del palacio e iglesia es uno de los rincones de Castilla donde más rico y
elocuente se muestra el albor renacentista. La portada del palacio se
constituye por un arco semicircular, finamente decorado, apoyado en sendas
pilastras; todo ello enmarcado a su vez por otras pilastras de profusa
decoración a base de carteles, armaduras, trofeos militares y frutos,
rematadas por capiteles de complicada representación vegetal; se cubre
por diversos frisos y molduras de cargada decoración de roleos y cuernos
de la abundancia; el conjunto aún remataba en frontón triangular con
densa ornamentación, incluyendo en su centro el escudo heráldico del
fundador, pero ello fue retirado a fines del siglo XIX, colocando en su
lugar un balcón, privando a la portada de su auténtico carácter toscano.
A través de pequeño
zaguán se sube hasta el patio del palacio, obra magistral de la
arquitectura civil del Renacimiento: de planta cuadrada, en cada lado
aparecen seis columnas, cilíndricas, de liso fuste que sostienen
capiteles de clara raigambre alcarreña, consistente en una corona de
hojas ciñendo el arranque del capitel, cuyo cuerpo se adorna de poco
profundas estrías, y la moldura superior se adorna de ovas. Cargan sobre
estos capiteles magníficas y anchas zapatas de labrada madera, y corre
sobre todas ellas una doble cornisa prolijamente adornada.
El segundo piso del patio
consta del mismo número de columnas, capiteles bellísimos, similares
zapatas y más pronunciado alero. Ente una y otra columna corre un
antepecho calado, con la piedra tallada en dibujo que semeja panal. Sobre
el muro norte de este claustro luce un gran escudo imperial tallado en
piedra de Tamajón, que procede de la Puerta del Mercado.
En el ala de levante se abre
el gran hueco de la escalera de honor, de tres tramos, con pasamanos de
bien tallada piedra, calada en forma de panal su barandilla, con gran
escudo de Mendoza y Luna sobre fondo avenerado, en su tramo central. La
parte de galería alta que queda sin muro en la parte en que se abre la
escalera, se apoya en tres columnas con capiteles de rica decoración a
base de copas y delfines. El hueco de la escalera se cubre por gran
alfarje renacentista a base de una combinación de tradición mudéjar en
la que se conjuntan irregulares hexágonos cubiertos de rica decoración
plateresca. La parte baja de los muros de patio y escalera se cubren de
una buena colección de azulejos sevillanos del siglo XIX. Tras haber sido
este edificio sede del Instituto Nacional de Enseñanza Media "Brianda
de Mendoza", ha estado durante unos años vacío y, tras una detenida
y meticulosa restauración, vuelve ahora a ser destinado a sede del tercer
Instituto de Enseñanza Media de Guadalajara.
Se desconoce el autor o
autores de este palacio, aunque muy bien pudiera haber intervenido en su
traza y dirección el maestro Lorenzo Vázquez, introductor del
Renacimiento arquitectónico en los estados mendocinos.
La iglesia del convento de
la Piedad fue construida hacia 1530, participando el maestro Alonso de
Covarrubias en su traza y en la talla de la portada, una de las joyas del
arte plateresco castellano. Se presenta ésta entre dos salientes
contrafuertes, entre los que salta un arcosolio con el intradós cuajado
de casetones con rosetas, y rematado en calada crestería y tejadillo que
cubre el conjunto. La puerta propiamente dicha se compone de un alto arco
semicircular cubierto de fina decoración, sobre pilastras; a los lados,
bellísimos balaustres sobre pedestales, todo tapizado de profusa y
delicadísima decoración plateresca, con magníficos capiteles rematados
en cabezas de carneros; encima, varias molduras y un ancho friso de
grutescos con escudo central; sus extremos rematan en flameros, mientras
en el centro surge una hornacina avenerada flanqueada de pilastrillas y
roleos, con un extraordinario grupo de la Piedad, de aire en cierto
sentido gotizante, en que se ve a Cristo tendido en los brazos de María,
acompañada de San Juan y la Magdalena. Los escudos de Mendoza y Luna
completan el conjunto.
El interior era magnífico
templo de altas cúpulas de nervatura y frisos con frases alusivas;
retablos de talla y pinturas; rejas, enterramientos, etc. Nada quedó de
ello: el presbiterio se derribó para ensanchar la calle que corre
detrás; su altura se dividió en dos para crear en la parte baja capilla
del Instituto, y en la alta salón de actos, en el cual aún se observan
los arranques de las bóvedas, y escudos esculpidos en las ménsulas.
Sólo quedó el sepulcro de la fundadora, doña Brianda de Mendoza, en
cuya urna de tallado alabastro blanquecino se aprecian, algo desgastados
después de haber permanecido largos años bajo escombros, los escudos de
armas de la familia Mendoza y Luna. Se cubre este enterramiento con una
gran pieza de jaspe rosáceo. También fue trazado y tallado por Alonso de
Covarrubias.
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