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En
la primera planta del "Palacio de la Cotilla", se encuentra hoy
magníficamente restaurado el Salón Chino, un enorme salón burgués que
fue decorado en el siglo XIX con papel de arroz por pintores chinos. Una
sorpresa de las que dejan huella.
Muchos
alcarreños se van a llevar la gran sorpresa, cuando vayan a comprobar lo
amplio y curioso de la presencia china en Guadalajara. Ello va a ser
posible a partir de la inauguración de la restauración del Salón Chino
del Palacio de la Cotilla, hoy propiedad del Municipio, y lugar donde se
imparten todo tipo de enseñanzas artísticas.
Desde hace un año que se convocó y
aprobó el concurso para su restauración, se ha trabajado intensamente en
ello, poniendo los más modernos recursos y las mejores técnicas, lo que
ha llevado a que un equipo de restauradores, encabezados por Iván Camacho
Navarrete, se hayan aplicado con diversas actividades en esta tarea, que
se ha rematado con total éxito en poco más de un año. El costo para el
municipio ha sido de 12 millones de pesetas, y el resultado estará dentro
de unos días a la vista de todos: espectacular. Y, sobre todo,
definitivo. La intervención sobre este fragmento del patrimonio
artístico de Guadalajara ha sido salvadora y protectora.
Algo debemos decir ahora de este Salón
Chino o Salón Oriental del palacio de la Cotilla, el lugar donde vivió
(porque era el palacio propiedad de sus antepasados) el Conde de Romanones
cuando venía a Guadalajara. Se encuentra en la primera planta del palacio
de los marqueses de Villamejor, más conocido como "Palacio de la
Cotilla", y se accede a él bien por la escalera noble y amplia del
recinto, o bien por el ascensor del que ahora dispone el edificio. Con un
balcón a la plaza, y una puerta de acceso (que al parecer se hizo
después de decorar la sala con el papel que nos interesa, pues faltan
detalles del conjunto precisamente en ese lugar). Tiene otra puerta
lateral de acceso desde habitaciones menores.
El palacio se construyó a finales del
siglo XVII, y en su fachada lucen muros nobles en los que se combina el
ladrillo con el aparejo de piedra caliza. Sobre el portalón de estilo
barroco vemos el escudo de armas de los Torres, marqueses de Villamejor, a
los cuales perteneció, entre otros nobles, el historiador de la ciudad y
regidor perpetuo de su Ayuntamiento, don Francisco de Torres. A esta
familia se ligó luego el marquesado de Villamejor, y a finales del siglo
XIX pertenecía a doña Ana de Torres Córdoba y Sotomayor, que casó con
Don Ignacio de Figueroa y Mendieta, capitán de Ingenieros y alcalde de
Guadalajara en 1828. Fue senador por Guadalajara y murió en 1899. Entre
otros hijos, este matrimonio tuvo a don Alvaro de Figueroa y Torres,
político destacado del Régimen parlamentario del primer tercio del siglo
XX, a quien le fue concedido el título de Conde de Romanones. El palacio
de Guadalajara, que iba ligado al título de Villamejor, pasó a la muerte
de doña Ana, en 1905, a su hijo Gonzalo, vizconde de Irueste y titular
entre otros del marquesado de Villamejor. Le heredó su hija Marta
Figueroa O’Neil, quien al morir en 1968 en estado de soltera se lo pasó
a su sobrino Jaime Figueroa Castro, y poco después, y por evidente
abandono del edificio y falta de pago de los impuestos municipales, el
Ayuntamiento se lo expropió en 1972 a la familia Figueroa por un precio
de tres millones y medio de pesetas, quedando destinado a lugar de
enseñanza y cultura, que es lo que ahora tiene por cometido.
Sería en la segunda mitad del siglo XIX
que fue decorada la gran sala noble del edificio con este papel chino que
ahora vamos a admirar restaurado. Lo que primitivamente fueron dos
habitaciones, se transformaron en una sola, muy grande, para albergar esta
composición pictórica. Es curioso observar cómo en el extremo de la
sala contrario a la entrada, aparecen dos columnas sosteniendo un amplio
arquitrabe que forma una especie de recinto abierto, pero recogido, propio
para centrar la atención del ocupante de la sala. Se ha especulado sobre
la posibilidad de que este lugar se utilizara en su día como recinto de
ceremonias masónicas.
El Salón Chino se cubre, y esto es lo
esencial ahora, de una gran superficie de papel de pasta de arroz pintado
a mano, y sin duda alguna en el Extremo Oriente, en la propia China. El
salón tiene una superficie de unos 60 metros cuadrados, y la altura de
sus muros alcanza los 4,2 metros. Las pinturas se extienden en tiras
verticales de unos 50 cms. de ancho. La pintura original fue hecha con
técnicas de gouache y acuarela.
Lo que se representa en estos muros es la
vida entera de un pueblo chino. Aunque la primera impresión que lleva el
espectador es la de un "revolutum" de personajes y escenas (se
han contado 380 figuras humanas en él) enseguida se aprecia la estructura
del complejo y la evidencia de edificios y personas ocupándolos, así
como calles y plazas entre unos y otros, lo que compone un amplísimo
espacio urbano. En cada uno de los edificios, decenas de personas se
entretienen en actividades: se ve un Colegio lleno de niños en donde el
maestro les enseña a leer los caracteres chinos en grandes desplegables.
Se ve el palacio del jefe político del poblado, se ve un lugar de juegos
y entretenimiento, una tienda, y una especie de bar, donde muchos
habitantes del lugar realizan todo tipo de actividades. Hay soldados, unos
a pie y otros a caballo, hay mujeres lavando, niños jugando y ancianos
dando consejos.... es todo un complejo y hermoso mundo rural chino que
aquí está descrito minuciosamente, y sirve para adornar y maravillar a
quien los visita.
La costumbre de decorar salones con este
tipo de decoración oriental se puso de moda en el siglo XIX, a través de
los grandes comerciantes ingleses que con su compañía de Indias
iniciaron el intercambio entre Oriente y Occidente. En Inglaterra
aparecieron incluso artistas insulares que produjeron muchas decoraciones
para casas y palacios ingleses. Pero es muy evidente que el papel que
decora el salón noble del Palacio de la Cotilla está hecho realmente y
originariamente en China. Los restauradores de esta pieza hicieron
previamente a ella un minucioso análisis encontrando que esta decoración
estaba pegada sobre otras dos capas de papel, y que cuando se había
desprendido la decoración original, se había vuelto a pegar en varias
ocasiones.
La tarea ha sido muy compleja: ha habido
que recomponer escenas, cambiar algunos paneles de sitio, (así y todo hay
uno, junto a la puerta de entrada, que no "casa" con ninguna
otra escena) y repintar las escenas, además de endurecer y proteger el
papel y los colores. Incluso el conjunto se ha adherido sobre soporte de
madera, el cual se ha dejado unos centímetros separado del muro, para
así evitar humedades y daños que pudieran llegarle desde el soporte. En
resumen, una gran obra de restauración, un empeño generoso del
Ayuntamiento, y un resultado magnífico. Con él, la ciudad puede sumar a
la lista de su amplio y dignísimo patrimonio artístico, esta pieza
curiosa y asombrosa siempre: el "Salón Chino" del palacio de la
Cotilla, que muy pronto va a poder admirarse, además de servir como sede
para actos culturales de escueta asistencia, pues no caben en el salón
más de 50 sillas...
En definitiva, magnífica realización
que evidencia el interés que en el Ayuntamiento y miembros de su
Corporación existe por ir poco a poco recuperando el total de elementos
patrimoniales que en nuestra ciudad han estado abandonados durante largos
años. Con las imágenes que ofrecemos acompañando estas líneas, podrá
el lector hacerse una idea de lo que ofrece en su interior el Palacio de
la Cotilla. Y en tan sólo unos días, podrá admirarlo en directo e
íntegramente.
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